jueves, 31 de mayo de 2012

El día D-espués.


Las inauguraciones son siempre momentos de encuentro y disfrute, sobre todo cuando se riegan con un poco de buen vino. Unas gotas de alcohol en sangre desinhiben la lengua, y hasta los más introvertidos dejan escapar comentarios audaces, incluso chistes –malos eso sí-.

Vista desde la planta alta de la sala de exposiciones.

Ayer todas las personas que tuvieron la oportunidad de acercarse al Ateneo de Madrid pudieron disfrutar doblemente. Por un lado, con las fotografías de Ricardo Cisneros. La verdad que resultó impresionante dejarse llevar por las sensaciones abstractas que tomaban forma de naturaleza en estado puro cuando uno se acercaba a observar los detalles – el par de copas de vino, o tres, que me tomé ayudaron a mi imaginación a desbordarse-.
Y por otro, las conversaciones y relaciones que se pudieron entablar con personas de todo tipo y condición. Por supuesto, se formaron círculos entre grupos de gentes que se conocían entre si, pero también hubo oportunidad de intercambiar comentarios, bromas y criticas.

Ricardo Cisneros bromeando con los asistentes.
Por lo general, las críticas que tuve la oportunidad de escuchar fueron todas constructivas. Cualquier trabajo siempre es susceptible de ser mejorado, aunque la opinión general de entendidos y profanos en materia fotográfica y artística era de muy grata sorpresa. En particular, con algunas de las composiciones visuales de trípticos y dícticos que Monika Bravo, comisaria de la exposición, tuvo a bien sugerir para acentuar el contraste entre realidad física y abstracción visual, en un ejercicio que demuestra una osadía creativa y comunicativa no exenta de riesgos. La propuesta resultó del agrado del público que llenó la sala de exposiciones. Y con respecto a lo que a nosotros nos puede afectar, una de las cosas que más nos llenaron de satisfacción, fueron sobre la calidad de las impresiones, así como lo fino del acabado y el montaje realizado en los laboratorios de Clorofila Digital.

No debo olvidarme del catering que se ofreció: buen jamón, buen queso, pinchitos de pollo ligeramente picantes, algunos canapés, y unos dulcecitos muy tiernos. Esto lo digo para dar envidia a los que no pudieron acercarse a la exposición.

De todas maneras, aunque sin ágape, merece la pena que cualquier amante del arte, y de la fotografía en particular, se acerque a ver la muestra. Seguro que con la sala un poco más vacía se disfruta más del trabajo de Ricardo Cisneros.

Casi acabando la inauguración algunas personas deciden ver las obras con un poco más de calma.

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